Finisterre es un municipio que se encuentra en La Coruña, Galicia. Durante siglos ha sido considerado el punto más occidental de Europa. Su nombre proviene del latín finis terrae, pues los romanos creían que era el fin del mundo.
La primera vez que llegué a este lugar fue después de caminar durante más de un mes recorriendo el Camino de Santiago francés. Emprendí aquella aventura sola y fui conociendo a diferentes personas por el camino. Hay un dicho que dice que nunca andas sola, y vaya si es verdad.
En el transcurso de ese mes me sucedieron muchas cosas a nivel físico y mental. Descubrí que era mucho más fuerte y valiente de lo que creía, que había otras formas de ver el mundo y que la vida siempre va a tratar de mostrarte su lado más amable; solo tienes que tratar de verlo.
| Patio de El Castillo de San Carlos en Finisterre |
Formamos una pequeña “banda” en el camino y, después de llegar a Santiago de Compostela, decidimos continuar hasta Finisterre, esta vez en coche. Lo más mágico fue sentarme en el faro y mirar el infinito. Es inefable. Es paz. Es tranquilidad. Es simplemente ser.
En aquella época se podía hacer hogueras en el faro e hicimos un pequeño ritual: quemamos algo que habíamos traído con nosotros durante el camino, simbolizando la renovación y la purificación. Después fuimos a la Playa del Rostro y finalizamos el ritual dándonos un baño. Mi yo de antes de iniciar este camino os aseguro que no se habría atrevido. Era noviembre y hacía frío, pero esa persona que estaba allí ya no era la misma que había emprendido el viaje en Saint-Jean-Pied-de-Port.
Ha pasado más de una década desde ese momento y aún lo recuerdo como una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido. En mi vida hay un antes y un después de esta aventura. Cuando volví a mi rutina, era como si todo hubiera cambiado, aunque en realidad todo seguía igual. El único cambio fue mi forma de ver los acontecimientos y las situaciones.
Y si pensabais que esto había acabado aquí, nada más lejos de la realidad. Quiso el destino que en 2021 planeara un nuevo camino, esta vez la parte final de la Vía de la Plata, y mi pareja me acompañaría en moto. Yo hacía los tramos andando y él daba vueltas a dos ruedas por aquellos paisajes. Ambos habíamos encontrado nuestro modo de disfrutar del viaje.
Fue una experiencia distinta a la anterior porque, al ser postpandemia, apenas había gente por los caminos. Aproveché la soledad para disfrutar de la naturaleza y relajarme, pero al acabar el día estaba abatida: un dolor de cadera me llevaba de cabeza. Aun así, salí al día siguiente, teniendo que darme por vencida cuando tan solo llevaba diez kilómetros recorridos.
El sentimiento de fracaso me acompañaba en todo momento. No sé en qué pueblo estaba, pero me senté en una fuente que había en la entrada y lloré, con una mezcla de rabia y vergüenza. Cuando me recompuse un poco, llamé a Chechu para que me recogiera. Esta aventura no estaba siendo como me esperaba y la tristeza me invadía.
Seguimos el camino en moto como habíamos planeado. Lo disfruté de otro modo y, aun con el dolor de no poder completarlo andando, conseguí recomponerme y continuar el viaje con la mejor actitud posible.
Una vez más llegué al faro de Finisterre. Quería enseñarle ese lugar tan espectacular a mi pareja, que sintiera esa energía. Y justo cuando estábamos en lo alto del faro ocurrió: pidió que nos hicieran una foto con el mar infinito de fondo y, en ese momento, se arrodilló y me pidió matrimonio.
Él balbuceaba y yo no atiné más que a decir: “¡Ay no, ay no!”… y a llorar de emoción. La gente que había en el lugar empezó a aplaudir hasta el punto de que acabé ruborizándome.
No os equivoquéis: para nada me esperaba que me pidiera matrimonio y nunca había soñado con casarme. Para mí lo importante era la convivencia y el hogar que habíamos creado juntos. Pero que me conociera hasta tal punto, que supiera que ese lugar era importante para mí y se hubiera tomado la molestia de organizarlo todo para hacer del momento de la pedida algo especial, me hizo sentir la persona más afortunada del mundo.
Después del momentazo nos sentamos en el acantilado y, sin poder borrar la sonrisa de nuestros rostros, nos quedamos un buen rato mirando el infinito.
Más tarde dimos un paseo en barco por la zona y, como curiosidad, os puedo decir que cuando hablamos de la boda siempre volvemos a ese momento: ni la ceremonia, ni el banquete, ni la barra libre, ni siquiera las trescientas mil sorpresas que los amigos nos prepararon… El recuerdo que hace que nos brille la mirada es ese instante en el barco, mirando los acantilados y todavía con el subidón de la pedida.
Como dato curioso, me parece tan mágico Finisterre que para nuestra ceremonia pedí a la chica de la pensión en la que nos habíamos alojado que me mandara agua del acantilado para ponerla en nuestro altar.
Mi idilio con Finisterre continúa: volví una tercera vez. En 2023 completé el Camino Portugués que sale desde Tui. Esta vez iba con una buena amiga y en una semana pateamos más de 160 km. Acabamos en Finisterre contemplando el mar desde el faro y, por más veces que haya vivido ese momento, no me canso. La magia siempre está presente.
Nos dedicamos un buen rato a mirar en silencio el horizonte y a relajarnos. Otra vez, Finisterre nos ofrecía una renovación de energía.
Sé que voy a volver una cuarta vez, pues una de mis próximas aventuras es hacer el Camino de Santiago al revés.
Puede que haya dudas de que Finisterre sea el fin del mundo, pero de lo que no hay ninguna es de que es el inicio de una nueva vida.
Finisterre es transmutación.
Atentamente,
La Chica Flow
Comentarios
Publicar un comentario