#1 Edimburgo: Ciudad mágica por excelencia.

¡Es increíble! A mis treinta y cinco años me ha vuelto a pasar: me he enamorado.
Esta vez ha sido de una ciudad, y Edimburgo es la afortunada.

La primera parada del traslador nos lleva a Escocia.
No podía ser de otro modo: Edimburgo es la ciudad de la magia por excelencia.

Siempre he creído que las cosas pasan por algo, solo que en el momento no somos conscientes. A mí me suele pasar que veo las señales a posteriori y pienso: ¿cómo es posible que no me haya dado cuenta antes?

Si tuviera que resumir el 2023 en pocas palabras diría que fue un año de mierder.
Según mi marido esto no es así; según él fue el mejor año de nuestras vidas (sospecho que utiliza mis propias tácticas para que mi subconsciente acabe creyendo que ha sido un año estupendo). Permitidme que discrepe: me reitero en lo de año de mierder y añado un muy mierder.

Si soy sincera, fue un año de aprendizaje.
De aprender en muchos sentidos. Y ya se sabe que como mejor se aprende es a base de palos. No de palos literales como los que indica el refrán, sino de esos golpes que nos rompen todos los esquemas mentales y emocionales.

Y si además lo comparas con el año anterior —que había sido un año de ensueño— el drama estaba servido.

Sin darme cuenta fui bajando la guardia. Se me acumularon los frentes abiertos y, cuando quise reaccionar, pasé de sentirme feliz cada día sin motivo —simplemente por el mero hecho de vivir y respirar— a sentirme triste sin comprender muy bien por qué.

Resulta que en la vida no todo es blanco o negro y, en aquellas navidades de mi annus horribilis, la vida puso en mi camino este mágico lugar.

¿Edimburgo?

 


 

Cuando vi la palabra Harry Potter comprendí el porqué de ese destino. Como comentaba antes, suelo ver las señales a posteriori. Aunque en este caso pude cambiar el destino, pensé que si ese era el que se me había ofrecido sería por algo.

Y contra todo pronóstico elegí una gélida semana de enero para conocer la ciudad.

La fecha tenía su lógica: me gusta celebrar mi cumpleaños de viaje. Tengo la creencia de que es un día mágico en el que hay que hacer cosas inspiradoras, así que tampoco tuve mucho que pensar.

Mucho frío.
Más del que puedas imaginar.

Aunque, curiosamente, algo menos de lo que podría haber sido: esa semana las temperaturas habían subido casi diez grados respecto a la anterior. Mientras que los días previos las mínimas estaban bajo cero, durante mi estancia rondaban los cinco o seis grados.

La primera mañana salí caminando del hotel.

Las calles de la ciudad aparecían ante mí con esos edificios majestuosos y el cielo cerrado… No sé si fue la belleza del Palacio de Holyroodhouse, la historia que se escondía tras su castillo o la magia que emanaba Victoria Street. ¡Me podría pasar la vida Royal Mile arriba, Royal Mile abajo y no me cansaría!

Además, conforme fui conociendo la historia de la ciudad y sus costumbres, la cultura escocesa me fue embaucando cada vez más. Todo me fascinaba. No dejaba de repetir lo mucho que me gustaba la ciudad.

Edimburgo es tan bonita que consigue que adores el frío y la lluvia.

Porque allí entendí algo curioso: las inclemencias climatológicas nunca detienen a un escocés, así que tampoco deberían detenerte a ti. De hecho, dicen que si tienes frío o el mal tiempo no te permite salir a la calle es porque, simplemente, no vas lo suficientemente abrigado.

Los escoceses no luchan contra el mal tiempo.
Lo castigan con su indiferencia.

Atentamente,

La Chica Flow

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